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jueves, 16 de mayo de 2013

Crónica de lugares comunes: Park Way o el sendero del parque




DÍA
Fue en Bogotá, donde surgió el anglicanismo lugar del Park Way en parte de la avenida veinticuatro entre calles 36 y 45. Ruta trasversal insignia de la localidad de Teusaquillo en el corazón del creativo Barrio la Soledad. Mediana recta que propone alternativas para emprender otras vías. En sentido amplio un parque, en sentido estricto un sendero. Oasis de intersecciones encubierto por la naturalistica grama. Composición de bancas horizontales para la instrucción de desajustar miradas. Pulmón de urapanes empinados que alineadamente resisten a los años. Tiempo libre de mascotas, espacio de debates, protagonista pasivo de telenovelas, gimnasio al aire libre, zona potencial de consumo de helados. Travesía de infantiles momentos, portada de revistas, longitud precursora de diálogos, recorrido ideal de bicicletas con especial frecuencia los domingos. Punto de encuentros, frontera de otros barrios, recurso instrumental de fotografías urbanas, maratonica calzada, pluralidad de baldosas de adobe colocadas en forma de mosaicos, sitio inspirador de crónicas, telegrama sentimental. Destino de frecuentes visitas porque la reflexión reconforta, el gusto ocupa, el tacto amolda, la vista acostumbra, el olfato prepara.

Puerta del tiempo a construcciones de anteriores épocas, cafés en los cincuenta colocando vinilos trastos, edificios de urbe en los setenta, ventanas del presente que reflejan luminosamente muebles habitados. Colectivo individual expresado en imágenes. Panorama percibido.  Captura de muchos rastros y escasos rostros. Expresión de principios urbanos postguerra. Bulevar de conciencia. Singular camino de plurales viajes. Guía de los rumbos hacia varios domicilios. Modalidad de lo visible. Hábito por descifrar composiciones territoriales, proyecto desarticulado de metrópoli. 


NOCHE
Ha sido Bogotá precursora de este radiante sendero que muta su ambiente después de las seis de la tarde, cuando en la ciudad se aproxima la noche. Ruta moldeada en ladrillo de asistentes farolas, epicentro de informales reuniones, principio y final de relaciones, paisaje utilizado en cuadros, receptor de luces de autos, escenario de exitosa película aun por realizarse, fragmento de descanso de palomas, participante activo de primeros besos, vecino de supermercado que culmina  sus horarios, caminata no obligada de turistas, cortina de fondo de noticiero, paseo nocturno de mascotas, ejercicio de observación geográfica, sombra de múltiples sombras, argumento sobre instantes que en igual área no se repiten. Luna de negocios logrando emprenderse, otros tantos que inevitablemente fracasan. Centro de debate equinoccial sobre el problema de las raíces de los viejos arboles. Patrimonio urbanistico. Coloquio obligado de taxis después de la medianoche. Bancos cerrados que no se inmutan con el frio. Brazada de escasos semáforos las veinticuatro horas. Proyección de un trayecto vigilado con impotencia por estatua de conquista abandonada. Alborada de iniciativas culturales. Cancha de pequeños partidos de fútbol conservados, pasto de variedad en deportes, donde la música se hace practica.

Fortaleza custodiada por familias, seres que residen solos, acuerdo mutuo de parejas, amistades que conviven, personas que alli amanecen, partisanos de estrellas, pregoneros de periodicos, la suerte de los que por destino del licor de sus bancas se levantan, de quienes postulan voluntades de matrimonio, en la lluvia se enteran de embarazos, deciden algún viaje. Corte de luces nocturnas que augura el nuevo día al finalizar sus labores, atesorando la belleza transformada en lenguaje del que deriva el verso para conquistar con palabras. El resto del Park Way es silencio.



El Capitán

miércoles, 13 de febrero de 2013

Crónica de lugares comunes: Parque de la Independencia


No ha sido un secreto que me gustan los parques. En Bogotá los hay para todo tipo de gustos. Para nacionales. Para independientes. Para novios. Para osos. Para bolivarianos. Para tunales con túneles. Para virreyes. Si sigo el tonto juego corto me quedo.

Al costado del Planetario, en plena carrera séptima se abre una puerta al encanto: el Parque de la independencia. Un lugar común pero sentimentalmente especial dentro de la capital donde respiro. Esplendido tesoro. Estar cerca de las estrellas agranda lo sugestivo. Su extensión es un conjunto de hermosuras. Oasis de fácil acceso. Pedazo de pulmón. Hilera de escaleras sin nombre. Cada recorrido es diferente. Nunca desata el mismo recuerdo. Allí aprendí a jugar con la cámara de mis ojos. Escribí guiones de películas olvidadas. Recibí una llamada inesperada. Vi avanzar divinas siluetas de oscuros azules en inolvidables atardeceres. Alucinantes palmeras. Bifurcaciones de vías enredadas que conducen a alguna parte. Mujeres ermitañas buscando sus destinos. Hombres de solitarios rostros. Sillas para enamorados. Prados de altos arboles para los más arriesgados. Lectoras imprevisibles. Viajo a través de sus rincones encontrando pequeños pedazos de retentiva. De mi Bogotá que circula. Que dando pasos descansa. Aparecen sorpresas: el pequeño teatro de escaleras romanas. Remembranzas de jazz al parque, de Plinio Córdoba. El carrusel  abandonado para que la alegría infantil cabalgue en imaginarios.  Las Pantallas para cinéfilos. El Compartimiento de vidas ajenas. Los esparcimiento de animales felices. Personajes de extrañas miradas. Saludos cordiales.  

El espacio que cubre el parque rompe los límites en extensión.  Abraza las emblemáticas torres que soñó Salmona para el deleite de la gente que pasa. Libertino de cafés, galerias de arte y recitales en curiosos locales. Lugares consolidadores de ciudadanas quimeras como las del personaje de Sin Remedios, embrujadora novela de Antonio Caballero. Ocupa el bizarro edificio Klïm, menuda locación para ejecutar todo tipo de fantasías. Atraviesa la esquina donde aguarda Luvina, libreria materializadora de las historias de Juan Rulfo, manojo de deleites, deposito de objetos que rehusan digitalizarse. Reconoce la empinada Macarena. Paradojas de vida, de seres que no se matan. Colmada en suculentos sabores. Cruza por Bosque Izquierdo, con la presentación de curvas pronunciadas de particulares encantos. Prominentes sensaciones para el conquistador de algunos de sus secretos. Comprende el mirador ignorado por los entes que por debajo lo pasan, omnipotente tesoro. Narraciones de substancia. Sortilegios de cuadras. Es el yo caminando. Es la frontera invisible. Es la historia de un trayecto bogotano.


Fotografía tomada del blog http://bogotaenbogota.blogspot.com